viernes, 29 de noviembre de 2013

Terapia de grupo (o Kevin Spacey en el metro)





Tomé el metro para ir a la terapia. Siempre lo hacía para ir y venir de la consulta de Vera: me aclaraba las ideas. Me senté, recordé volver hacia dentro el anillo de diamantes para que los navajeros no lo vieran y traté de pensar en cómo iba a contarle al grupo lo que me pasaba. Me sentí humillada. Una tarde, dos años antes, había salido curada –¡milagro, puede andar!–, y ahora volvía con mi cojera incurable. Eché una mirada por el vagón. Un japonés tomaba fotografías de los viajeros. Sin duda era un turista, pero hacía que todos los que íbamos en el vagón nos sintiéramos incómodos. Traté de no mirarlo, pero era imposible. Una vez vi a un exhibicionista en el metro y también traté de no mirarle, pero lo curioso de los exhibicionistas, y la razón por la cual nunca me han ofendido verdaderamente, es que resulta imposible no lanzar de vez en cuando una mirada furtiva para ver si aún sobresale la puñetera cosa. Miré al japonés de una forma que, según confiaba, le daría a entender que no me preocupaba que me tomase una fotografía y que, en el caso de que lo hiciera, no me molestaba que me sacase el perfil malo, pero luego decidí que sí me importaba. De manera que sonreí. Tengo mucho mejor aspecto cuando sonrío. En realidad, si no sonrío parece que tengo el ceño fruncido, aunque no sea así.
El japonés me tomó una fotografía y movió la cabeza con aire agradecido. Le devolví el saludo, y un hombre con camisa a cuadros que estaba sentado a mi lado me miró y guiñó un ojo. Inmediatamente me pregunté si sería soltero y, en caso afirmativo, si sería licenciado universitario y una persona normal, no un maníaco. Entonces pensé lo horrible que sería volver a ser soltera, lo horrendo que sería volver al mercado con la antigua proporción de Nueva York en mi contra: doscientas mujeres solas para cada hombre soltero, bandadas de amazonas vagando en vano por las calles en busca de algún buen partido que fuese independiente y no le importara un poco de celulitis. Fue una idea tan deprimente que casi me eché a llorar, pero recordé al japonés de la cámara. No quería que nadie, ni siquiera un extranjero en el metro, me tomara una fotografía llorando.
El hombre de la camisa a cuadros volvió a guiñar el ojo, y comprendí que aunque fuese soltero, universitario y normal, jamás me relacionaría con alguien que guiñara el ojo abiertamente a mujeres embarazadas en el metro. Se me ocurrió que debía de pasarle algo malo a alguien que le guiñara el ojo en el metro a una mujer embarazada. Claro que a todo el mundo le pasa algo malo, sin lugar a dudas, pero a aquel tipo probablemente le ocurría algo realmente malo. Tal vez fuese un violador, pensé, o un navajero. Me figuré que en mi actual condición física me encontraba a salvo de los violadores, pero por si era un navajero y sabía reconocer un anillo de diamantes aunque estuviese del revés, me lo quité de una manera que me pareció muy discreta, hice un movimiento vago como si me alisara la piel del cuello y lo dejé caer astutamente dentro del sostén.









Es difícil decir de sopetón: «Mi marido está enamorado de otra». Así que, antes de que se me saltaran las lágrimas, a lo más que pude aproximarme fue: «Mi marido cree que está enamorado de otra». Hasta Diana pareció verdaderamente horrorizada, lo que me sorprendió porque siempre tiene una sonrisita en la cara cada vez que me pasa algo horrible.
(…)
–¿Cómo te sientes? –preguntó Eve.
–Herida. Enfadada. Estúpida. Desgraciada. –Pensé durante un momento–. Y culpable.
–Tú no has hecho nada –dijo Eve–. Ha sido él.
–Pero yo lo elegí a él –contesté.
–Cualquiera habría elegido a Mark Feldman –observó Vanessa.
–Nada de apellidos en las reuniones –amonestó Vera.
–De todos modos, no es algo definitivo –dijo Eve–. Volverá.
–¿Y entonces qué? –pregunté–. Es como un objeto bonito que de pronto se rompe en mil pedazos y por mucho que lo pegues siempre seguirá horriblemente roto.
–Eso es el matrimonio –sentenció Sidney–. Pedazos rotos que se vuelven a pegar.
–Mira cómo no es un fracaso total –dijo Vanessa–. Por lo menos, has hecho que Sidney diga algo.
Sidney parecía muy contento consigo mismo.
–¿Has acabado, Sidney? –preguntó Ellis.
–Sí –contestó Sidney.
–Porque si has acabado –prosiguió Ellis– sólo quiero decir que no creo que el matrimonio sea eso.
–Eso es el matrimonio –afirmó Dan–. A partir de cierto momento, no es más que un parche encima de otro.
(…)
–¿Qué es lo que quieres? –preguntó Vanessa–. Mark aparecerá, y tendrás que saber lo que quieres cuando lo haga.
Lo pensé.
–Quiero que vuelva –dije.
–¿Para qué quieres que vuelva? –preguntó Dan–. Acabas de decir que es un cretino.
–Quiero que vuelva para poder gritarle y decirle que es un cretino –repuse–. De todos modos es mi cretino. –Hice una pausa–. Y quiero que deje de verla. Quiero que me diga que nunca la ha querido de verdad. Quiero que me diga que ha debido volverse loco. Quiero que ella muera. Quiero que él también muera.
–Creía que habías dicho que querías que volviera –dijo Ellis.
–Lo he dicho. Pero quiero que vuelva muerto.
Sonreí. Era la primera vez que la situación me arrancaba una sonrisa. Miré en torno, esperando que todos me devolvieran la sonrisa, pero tenían la vista fija en mi dirección como si pasara algo raro. Ellis fue el primero en hablar.
–Por casualidad, no habrás contratado a un asesino sin decírnoslo antes, ¿verdad?
Me volví para mirar detrás de mí. En la puerta había un hombre con una media de nylon metida en la cabeza; empuñaba un revólver de cañón corto. Me cogió por el cuello, me puso en pie de un tirón y me apretó la pistola en la sien.
–Encima de la mesa –ordenó–. Dinero, joyas, todo lo que tengáis que pueda servirme. Esconded algo y mataré a esta señora, así...

Se acabo el pastel (Heartburn), Nora Ephron

“Heartburn” titulada en España “Se acabo el pastel” es la crónica de la ruptura de un matrimonio. Nora Ephron se basó para escribir la novela y el guión de la película en los acontecimientos anteriores a su divorcio del periodista Carl Bernstein, famoso por destapar el escándalo Watergate. Nora estando embarazada de su segundo hijo descubrió que Carl estaba teniendo una relación extramatrimonial con una conocida de la pareja.
Se encargó de dirigir el guión de Ephron, Mike Nichols director entre otras de “El graduado”, “Armas de mujer” y “Closer”. La protagonizaron Jack Nicholson y Meryl Streep. La directora de casting fue Juliet Taylor muy conocida por su larga colaboración con Woody Allen. Muchos de los actores secundarios escogidos son sus favoritos y han participado también en películas de Allen. Stockard Channing (conocida por su papel de Rizzo en Grease) ha participado en “Todo lo demás”. Jeff Daniels en “Días de radio” y en “La rosa púrpura de El Cairo”. Joanna Gleason en "Hannah y sus hermanas" y "Delitos y faltas". Y Maureen Stapleton era la impagable Pearl en “Interiores”.
Esta película proporciono a Kevin Spacey su primer papel en el cine como ladrón de metro. El bebe que hace de hija de Meryl Streep en la ficción era su hija en la vida real, Mamie Gummer.
Con un despliegue de talentos tan grande lo natural es que el resultado fuera una película notable pero no fue así. Se puede culpar a Carl Bernstein que amenazó con una demanda y se inmiscuyó en la realización para que su personaje no fuera retratado de forma tan negativa. Pero lo cierto es que sin ser directamente mala deja mucho que desear. Nora Ephron hizo una comedia de una experiencia muy dolorosa para ella. A falta de la distancia necesaria con el material el resultado es maniqueo la mayor parte del tiempo.
Sin embargo, la novela me parece mucho mejor porque no se tiene que centrar obligatoriamente en un argumento. La autora puede irse por las ramas libremente, contar anécdotas y exponer sus ideas sobre cualquier tema. Y Nora Ephron era una mujer ingeniosa sin lugar a dudas.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El samurái en el metro


“No hay soledad más profunda que la del samurái. Si acaso la de un tigre en la jungla… Quizás...”

Bushido: El libro de los samuráis. 




lunes, 25 de noviembre de 2013

Amour











Una casa sobria, llena de cultura, sin televisión.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Genealogías de un crimen (2): Solange




Arriba la casa de Solange. Abajo su despacho.



Christian Morail visita a Solange. Y hace una descripción literaria de su lugar de trabajo.




CHRISTIAN CORAIL: La imaginaba trabajando en un ambiente muy diferente, más próximo a Kafka. Esto es más bien Musil…. No verdaderamente,...  es Balzac. .. Un cruce de Balzac y Akutagawa…. Eso nos da Paul Auster sin Nueva York,… Robbe-Grillet básicamente. 



Genealogías de un crimen (1): Jeanne











El argumento de “Genealogías de un crimen” y algunas de las escenas que he encontrado más interesantes se pueden encontrar en mi otro blog:

http://anglo-francofilia.blogspot.com.es/2013/11/genealogias-de-un-crimen.html

Aquí solamente voy a hacer comentarios sobre la puesta en escena de la película. Catherine Deneuve interpreta a dos personajes. Cuando es pelirroja es Jeanne, cuando es rubia es Solange. La casa de Jeanne es neo gótica, las habitaciones están llenas de cuadros antiguos y objetos diversos. La propia Jeanne viste con colores fuertes y complementos llamativos. Solange por el contrario es clásica y utiliza colores neutros y claros.
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