lunes, 28 de octubre de 2013

Headhunters



El candidato estaba muerto de miedo.
Iba equipado con armadura de Gunnar Øye, un traje gris de Ermenegildo Zegna, una camisa de Borelli hecha a medida y una corbata de color borgoña, probablemente de Cerruti 1881, con estampado de espermatozoides. De lo que sí que estaba seguro era de los zapatos: unos Ferragamo, también hechos a medida. Yo mismo había tenido un par como aquellos.

Los documentos que tenía delante certificaban que el candidato también iba armado con un título de la Escuela Superior de Comercio de Bergen, con una nota media que rozaba el siete, un periodo en el Parlamento como representante del Høyre, el partido conservador, y una historia de cuatro años de éxitos como director ejecutivo de una empresa industrial mediana.

Y, sin embargo, Jeremías Lander estaba muerto de miedo. Tenía el bigote empapado de sudor.
Levantó el vaso de agua que mi secretaria había dejado encima de la mesita que había entre él y yo.

—Me gustaría... —empecé con una sonrisa, no ese tipo de sonrisa sincera e incondicional que invita a un extraño a sentirse cómodo, no ese tipo de sonrisa poco seria. Sino la sonrisa educada, semicálida que, según los manuales, demuestra profesionalidad, objetividad y una conducta analítica por parte del entrevistador. Es precisamente la falta de implicación emocional lo que hace que el candidato demuestre su integridad. Solo de este modo, dicen los manuales, se conseguirá que el candidato ofrezca una información más sincera y objetiva, ya que habrá tenido la sensación de que lo descubrirán si hace teatro, lo pillarán si exagera, lo castigarán si recurre a alguna argucia. Pero no sonrío así porque lo digan los manuales. Yo me cago en los manuales que no son más que una sarta de gilipolleces razonadas. Lo único que necesito es el modelo de interrogatorio en nueve pasos de Inbaud, Reid y Buckley. No, sonrío porque soy así: soy profesional, analítico y no tengo ningún interés emocional. Soy un «cazatalentos». No es muy difícil, pero yo soy el rey de la colina.
Headhunters, Jo Nesbø

jueves, 24 de octubre de 2013

El arco y la flecha











1, 2 y 8 La edad de la inocencia
3 Emma
4, 5 y 6 La mujer del teniente francés
7 Historias extraordinarias

miércoles, 23 de octubre de 2013

Historias extraordinarias: Metzengerstein







La película incluye tres relatos de Edgar Allan Poe. Esta historia fue dirigida por Roger Vadin con Jane Fonda como protagonista. El vestuario no se ciñe a un período concreto y el responsable fue el mismo que se encargó del de "Barbarella" por lo que se pueden ver similitudes.

lunes, 21 de octubre de 2013

Sopa Campbell's









Las gambas se salteaban en la vieja sartén de teflón impregnada de mantequilla, y cambiaban su tono rosado por uno anaranjado a medida que Charlotte las removía con una cuchara metálica demasiado pequeña.
-¿No vamos mal de tiempo? –preguntó Alice desde el lavabo, a pocos pasos de su amiga. El apartamento seguía sembrado de cajas y maletas por abrir.
-No –contestó Charlotte-. Esta receta es rapidísima.
Charlotte cogió una lata Campbell's de sopa de champiñones ya abierta y volcó su contenido sobre la sartén. Un sólido cilindro color café con leche se escurrió de la lata, primero con gran lentitud, antes de resbalar súbitamente sobre la sartén. La torre marrón claro temblequeó sobre las gambas hasta que Charlotte la aplastó con la pequeña cuchara y empezó a añadir crema de leche y cantidades ingentes de curry en polvo. El arroz hervía en una cazuela vecina.
En ese comento sonó el timbre del portero automático. Alice, vestida para la ocasión con pantalones muy ajustados y un atrevido top reluciente de tono metálico, salió del baño para responder a la llamada.
(…)
La madre de Alice y las demás parecían haber efectuado una buena labor en el piso, pues cuando Dan y yo entramos en él esa noche, estaba limpio y ordenado. Quizá se veían cajas esparcidas por el suelo, pero las ventanas habían permanecido abiertas un día entero a fin de que la vivienda se aireara, y en ese momento el delicioso aroma de curry de gambas preparado por Charlotte -a partir de una vieja receta de su familia- impregnaba la atmósfera de sus habitaciones.
Alice y Charlotte seguían ocupadas en arreglar la mesa que habían improvisado para la velada. Apoyado sobre la jamba de la puerta, Dan observaba su actividad mientras bebía una cerveza con gesto pausado. Yo había traído el vino, y ahora me dedicaba a abrir la botella con un sacacorchos, lo que siempre era buena señal. En esos días, mi sistema para comprar vino era, primero, siempre tapón de corcho. Segundo, buscaba botellas que tuvieran el corcho envuelto en un bonito precinto de papel metálico, del tipo que, una vez cortado, sirve para juguetear sobre la mesa (si el precinto era de color rojo o negro, preferible, aunque este detalle no era en verdad decisivo). La etiqueta –y esto sí me parecía importante- debía mostrar aspecto un tanto anticuado, no demasiado colorista. Ya sé que aquí no voy a añadir novedad alguna, pero la presencia de la palabra vin en algún rincón de la etiqueta siempre constituía un signo esperanzador. Si se trataba de un regalo, la botella nunca debía de costar menos de cinco dólares; si era para consumo propio, nunca más de tres. Si se trataba de una selección Jacques Reynaud o Monsieur Henri, mejor que mejor pues se suponía que tales individuos conocerían bien lo que se traían entre manos.
(…)
Alice se acercó a la nevera y sacó una botella de cerveza Rolling Rock, la abrió y se puso a beber de ella. Cuando quería, Alice tenía mucho estilo.

Cócteles y caviar, Whit Stillman. Novela basada en la película The Last Days of Disco.
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