jueves, 31 de enero de 2013

Miscelánea de obsesiones











Casas, balcones, ascensores (antiguos y modernos), maquinas de escribir antiguas, portátiles, purpurina…

martes, 29 de enero de 2013

sábado, 26 de enero de 2013

Elementary








Las casas dicen mucho de los que viven en ellas, eso se ve particularmente bien en las series de detectives donde pueden dar pistas. Se trata de un loft fantástico en el que cabe hasta un billar. El frigorífico está particularmente ordenado.

viernes, 25 de enero de 2013

Derecho de admisión










Una vez más, se suponía que yo tenía que recurrir al poco trato de favor que tuviera aún con los todopoderosos porteros a fin de meter a tres altamente improbables candidatos al club más exclusivo del planeta, que así era como lo considerábamos por entonces. En el guión de la película, la cosa aparecía del siguiente modo:

A través de la ventanilla de la limusina, JIMMY STEINWAY, hombre delgado y nervioso de unos veinticinco años enfundado en un traje impecable, contempla la aglomeración que hay a las puertas del Club. A continuación, Jimmy vuelve su rostro hacia los tres CLIENTES  ataviados con trajes de negocios, acomodados en el asiento trasero.

JIMMY
Cuando salgamos, no os paréis donde está toda esa gente. Simplemente, seguidme hasta la puerta.

Uno de los tres clientes, el mayor y con aspecto de jefe benévolo, MARSHALL MURIE, viste una ropa horrible: traje a cuadros marrones y rojizos y una corbata quizá no tan estrepitosamente fea pero sí demasiado ancha.

CLIENTE Nº3
Cuando salgamos, te seguimos hasta la puerta.

JIMMY
Eso mismo.

JIMMY vuelve a mirar por la ventanilla. Su rostro expresa preocupación.

Los guionistas lo había captado: yo estaba efectivamente preocupado. Rarezas de la naturaleza humana, como nunca me habían negado la entrada al Club, la posibilidad de que finalmente sucediera se convertía en mi mente en una escena de inconcebible desgracia y humillación. Contemplé el atuendo de Marshall y sentí un estremecimiento de horror ante lo que parecía inminente. Marshall era buena persona, pero también era célebre por el mal gusto con que vestía.
En previsión de una noche más fría, yo había traído conmigo el abrigo de cachemira azul marino que había comprado el invierno anterior, la típica prenda carísima adquirida en un arrebato demencial que el gélido invierno neoyorquino puede inspirar. En contra de lo que mucha gente piensa, los soldados rasos de la industria publicitaria distan de estar bien pagados.
A medida que la limusina se acercaba a las puertas del Club, se acrecentó mi inquietud. Para ser sincero, entre la falta de sueño y la presión de mi trabajo en la agencia, a esas alturas me encontraba hecho un manojo de nervios. El alcohol otorga la ilusión de control, pero desgraciadamente poco de su realidad.
Volviéndome hacia Marshall, le ofrecí el abrigo.
-¿Por qué no te lo pones un momento…?
-¿Cómo? –preguntó él.
-Sólo por un minuto, hasta que estemos dentro… -Me esforcé en mostrarme muy seguro de mis palabras.
-No entiendo por qué…-Aturullado, Marshall terminó por aceptar el abrigo.
Sus dos colegas más jóvenes, Hap y Steve, algo mejor vestidos, al estilo ejecutivo típico de los primeros ochenta, parecían tan incómodos como nosotros.

Cócteles y caviar, Whit Stillman

(El director de cine Whit Stillman convirtió su película “The Last Days of Disco” en la novela “Cócteles y caviar”.)

jueves, 24 de enero de 2013

El infierno









—¿Qué es, entonces, ese infierno? —preguntó.
La señorita Lemon lo miró algo sorprendida.
—¿No lo sabe usted, monsieur Poirot? Es un club nocturno. Hace poco tiempo que lo inauguraron y se ha puesto de moda. Creo que es de una rusa. Si quiere arreglaré las cosas para que le extiendan el carnet de socio antes de la noche.
Y con ello, como haciendo presente que ya había malgastado bastante tiempo, la señorita Lemon volvió a teclear eficientemente en su máquina.
Aquella noche, a las once, Hércules Poirot entró por una puerta sobre la que un letrero de neón mostraba discretamente a intervalos una letra tras otra. Un caballero vestido de frac rojo le ayudó a quitarse el abrigo.
Con un gesto le indicó un tramo de anchas escaleras que descendían al sótano. Sobre cada peldaño había escrita una frase.
La primera decía:
«Mi intención es buena...»
La segunda:
«Borra lo que has hecho y empieza de nuevo.»
La tercera:
«Puedo dejarlo cuando quiera.»
—Las buenas intenciones que pavimentan el camino del Infierno —murmuró Poirot—. C'est bien imaginé, ça!
Bajó la escalera. Al pie de ella había un estanque lleno de agua en la que flotaban nenúfares encarnados. Sobre él cruzaba un puente cuya forma recordaba la de una barca. Poirot lo atravesó.
A su izquierda, en una especie de gruta de mármol, estaba sentado el perro más grande, negro y feo que Poirot viera jamás. Se mantenía tieso e inmóvil. El detective deseó que no fuera de carne y hueso; pero en aquel instante el perro volvió la fea y feroz cabeza. Del fondo de su negro cuerpo salió un feroz gruñido sordo y apagado. Un sonido terrorífico.
Y entonces, Poirot vio un decorativo cesto lleno de galletas redondas para perros. Encima, un letrero rezaba: «Un regalo para Cerbero.»
El perrazo tenía la vista fija en las galletas. Una vez más se oyó el sordo gruñido y Poirot, rápidamente, cogió una galleta y se la lanzó al perro.
Cerbero abrió la cavernosa boca y después se oyó un chasquido cuando las poderosas quijadas volvieron a cerrarse. El guardián del infierno había aceptado el regalo. Poirot siguió adelante y entró por una puerta abierta.
La sala no era muy grande. Estaba llena de mesitas, rodeando una pista para bailar. La iluminación provenía de unas lamparitas rojas; las paredes estaban adornadas con frescos y en uno de los extremos se veía una parrilla atendida por cocineros vestidos de diablos, con la cola y cuernos incluidos.
De todo ello se dio cuenta Poirot antes de que, con todo el impulso de su naturaleza rusa, la condesa Rossakoff, luciendo un esplendoroso traje de noche encarnado, cayera sobre él, con las manos extendidas.
—¡Ah! ¡Vino usted! ¡Mi querido... mi muy querido amigo! ¡Qué alegría volverlo a ver! Después de tantos años... tantos... ¿cuánto hace? No; no diremos los que son. Para mí, parece que fue ayer. No ha cambiado usted en lo más mínimo.
—Usted tampoco, chérie amie —exclamó Hércules Poirot, inclinándose sobre la mano de la dama.
No obstante, se daba cuenta ahora de que veinte años no pasan en balde. La condesa Rossakoff podía calificarse de ruina, sin pecar por falta de caridad. Pero, por lo menos, era una ruina espectacular. La exuberancia y el goce pleno de la vida todavía se veían en ella. Y además sabía mejor que nadie cómo halagar a un hombre.

 (…)

El salón estaba lleno y se veía que el local había tenido éxito. Entre el público se encontraban lánguidas parejas vestidas con traje de etiqueta; bohemios con pantalones de pana y corpulentos caballeros ataviados con traje de calle. Los de la orquesta, vestidos de diablo, tocaban música moderna. No había duda. «El Infierno» tenía un extraordinario éxito.
—Aquí viene toda clase de gente —observó la condesa—. Debe ser así, ¿verdad? Las puertas del infierno están abiertas para todos.
—Excepto para los pobres —sugirió Poirot.
La condesa rió.
— ¿No dicen que es muy difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos? Es natural, entonces, que tengan prioridad en el infierno.

Los trabajos de Hércules, Agatha Christie

El ambiente de "El zodiaco" siempre me ha recordado al club nocturno que describe Agatha Christie en "Los trabajos de Hércules"
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