martes, 29 de mayo de 2012

El mundo de Guermantes



Como una gran diosa que preside de lejos los juegos de las divinidades inferiores, la princesa se había quedado voluntariamente un poco al fondo, en, un canapé lateral, rojo como una, roca de coral, al lado de una ancha reverberación vidriosa que era probablemente una luna y que hacía pensar en una sección que un rayo de luz hubiera practicado, perpendicular, oscura y líquida, en el cristal deslumbrado de las aguas. Pluma y corola a un tiempo como ciertas floraciones marinas, una gran flor blanca, aterciopelada como una ala, descendía desde la frente de la princesa a lo largo de una de sus mejillas cuya inflexión seguía con flexibilidad coqueta, amorosa y viva, y parecía encerrada a medias como un huevo rosa en la blandura de un nido de martinete. Sobre la cabellera de la princesa y bajando hasta sus cejas, recogida luego, más abajo, a la altura de su pecho, se extendía una redecilla hecha de esas conchas blancas que se pescan en ciertos mares australes y que estaban entretejidas con perlas, mosaico marino surgido apenas de las olas que por momentos se encontraba sumido en la sombra, en cuyo fondo, aun entonces, se revelaba una presencia humana por la brillante movilidad de los ojos de la princesa. La belleza, que ponía a ésta muy por encima de las demás hijas fabulosas de la penumbra, no estaba por entero material e inclusivamente inscripta en su nuca, en sus hombros, en sus brazos, en su talle. Pero la línea deliciosa e inacabada de éste era el exacto punto de partida, el cebo inevitable de las líneas invisibles en que el ojo no podía menos de prolongarlas, maravillosas, engendradas en torno a la mujer como el espectro de una figura ideal proyectada sobre las tinieblas. 
—Es la princesa de Guermantes —dijo mi vecina al caballero que estaba con ella, teniendo cuidado de poner delante de la palabra «princesa» muchas pp, indicando que tal denominación era ridícula —. No ha escatimado sus perlas. Lo que es yo, me parece que si tuviera tantas no haría tanta ostentación de ellas; no me parece que eso sea elegante. 
Y, sin embargo, al reconocer a la princesa, todos los que trataban de saber quién estaba en la sala sentían que se alzaba en su corazón el trono legítimo de la belleza. 

(…) 

Se hubiera dicho que la duquesa había adivinado que su prima, de quien se burlara, a lo que decía, por lo que llamaba ella sus exageraciones (nombre que, desde su punto de vista ingeniosamente francés y esencialmente moderado, tomaban pronto la poesía y el entusiasmo germánicos), había de llevar aquella noche uno de esos tocados con que a la duquesa le parecía disfrazada, y hubiese querido darle una lección de gusto. En lugar de los maravillosos y suaves plumajes que de la cabeza de la princesa descendían hasta su cuello; en lugar de su redecilla de conchas y de perlas, la duquesa no llevaba en el pelo más que una sencilla aigrette que, dominando su nariz arqueada y sus ojos saltones, parecía la cresta de un pájaro. Su cuello y sus hombros emergían de una nívea ola de muselina sobre la que iba a batir un abanico de pluma de cisne; pero luego el traje —cuyo corpiño tenía, como único adorno, innumerables lentejuelas, bien de metal, en varillas y en cuentas, bien de brillantes— moldeaba su cuerpo con precisión enteramente británica. Pero por diferentes que fuesen entre sí uno y otro tocado, después que la princesa hubo dado a su prima la silla que hasta entonces ocupaba ella, se las vio que, volviéndose la una hacia la otra, se miraban recíprocamente. 
Quizá la señora de Guermantes sonriese a la mañana siguiente cuando hablara del peinado, un tanto por demás complicado, de la princesa, pero seguramente declararía que no por esto estaba aquélla menos encantadora y maravillosamente arreglada; y la princesa, que, por principios de gusto, encontraba algo un poco frío, un poco seco, un poco modisteril en la manera de vestirse de su prima, descubriría en esta estricta sobriedad un refinamiento exquisito. 

En busca del tiempo perdido, Marcel Proust

martes, 22 de mayo de 2012

Fumadero de opio

Cuando un fotograma de una película parece un cuadro.

viernes, 18 de mayo de 2012

El arte de amar (2011)

Últimamente he visto bastantes películas francesas, en particular tres del director Emmanuel Mouret. Había leído que su obra se asemeja mucho a las de Woody Allen y Eric Rohmer. Mi conclusión es que el parecido es superficial porque su trabajo carece de la profundidad y la naturalidad del maestro Rohmer. En cuanto a la semejanza con Woody Allen coinciden en que Mouret también se reserva papeles para sí mismo en sus películas (normalmente de ingenuo enamoradizo). Me recuerda más bien a las comedias románticas americanas de esas que solía protagonizar Meg Ryan. Eso sí, un poco más subidas de tono porque al fin y al cabo son europeas. Lo que incluyen todas son casas decoradas con mucho gusto. Dudo mucho que esa constante sea un reflejo de la realidad francesa, pero celebro verlas. 
“El arte de amar” consta de varias historias de parejas relacionadas con frases del libro de Ovidio titulado como la película. Las historias son bastante irregulares, la peor con diferencia es la protagonizada por François Cluzet (El Intocable) donde se infrautiliza al actor en una historia insustancial con dos personajes bastante idiotas. La mejor ("El amor es ciego") es la protagonizada por Julie Depardieu y Laurent Stocker (Juntos, nada más). Por una parte está Isabelle insatisfecha porque hace un año que no tiene pareja. Por otra parte está Boris atraído físicamente por Amélie su mejor amiga que desafortunadamente está casada. Amélie se siente culpable porque sabe que esto influye negativamente en las relaciones de Boris. Con la finalidad de saber si puede haber algo más que atracción física Amélie accede a tener relaciones con Boris a condición de que sea en un hotel y completamente a oscuras. Isabelle se encuentra por casualidad a su amiga Amélie que arrepentida le propone acudir a la “cita sexual a ciegas” con Boris en su lugar. 

Las cuatro primeras imágenes son de  Changement d'adresse (2006) y las cuatro últimas de L'art d'aimer (2011).

martes, 15 de mayo de 2012

De perfil

En la primera foto cuadro atribuido a Leonardo da Vinci titulado "Joven de perfil con vestido del Renacimiento", también llamado "La Bella Principessa" al creerse que puede tratarse de Bianca Sforza.
En la segunda fotograma de la película "Matador" de Pedro Almodóvar.

sábado, 12 de mayo de 2012

Apartamentos londinenses (VII): Match Point

En “Match Point” el verdadero lujo son los grandes ventanales con vistas al Támesis. El resto es moderno y funcional, casi minimalista.

viernes, 11 de mayo de 2012

Apartamentos londinenses (VI): Támesis

Adam Dalgliesh es un personaje protagonista de una serie de novelas policíacas escritas por P. D. James. Dalgliesh vive en un piso sobre el río Támesis en Queenhithe, en la City de Londres. Un piso al que practicamente nadie tiene acceso excepto él. En televisión es interpretado por Martin Shaw.

miércoles, 9 de mayo de 2012

martes, 8 de mayo de 2012

Trampantojo

Fotos hechas por mí.

lunes, 7 de mayo de 2012

Bolso y zapatos

—Usa usted crema hidratante Evyan y a veces lleva L'Air du Temps, pero hoy no. Hoy ha venido deliberadamente sin perfume. ¿Qué impresión le ha producido lo que le ha dicho Miggs?
—Pienso que por razones que desconozco se muestra hostil. Una lástima. Él se muestra hostil con la gente y la gente reacciona tratándole con hostilidad. Es un círculo vicioso.
—¿Siente usted hostilidad hacia él?
—Lamento que tenga perturbadas sus facultades mentales. Dejando eso aparte, no me afecta más que un ruido. ¿Cómo ha averiguado lo del perfume?
—Una vaharada de su bolso cuando ha sacado la tarjeta. Ese bolso que lleva es precioso.
—Gracias.
—Ha traído el mejor bolso que tenía, ¿verdad?
—Sí.
—Era cierto. Había ahorrado bastante para comprarse aquel bolso, clásico y de todo llevar, que era el accesorio de mayor calidad de su armario.
—Es de calidad muy superior a sus zapatos.
—Tal vez algún día se pongan a la altura.
—No lo dudo. 

El silencio de los corderos, Thomas Harris
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