lunes, 30 de enero de 2012

Gatacca






La arquitectura moderna me impresiona en grandes y emblemáticos edificios, pero no suelen gustarme tanto las casas modernas que constan de grandes cubos de hormigón y cemento. Aunque reconozco que esas casas tienen unas excelentes vistas.
En Gatacca la ropa parece un uniforme que cambia sólo en pequeños detalles como el que el personaje de Uma lleve o no pantalones. Su ropa de noche incluso sigue el mismo patrón de colores fríos.

sábado, 28 de enero de 2012

viernes, 27 de enero de 2012

Apartamentos londinenses (II): La casa de Irene Adler





Irene Adler en la versión moderna de Sherlock Holmes es una dominatrix conocida en las altas esferas británicas. Su casa es muy elegante, colores claros contrastando con la madera oscura del suelo y cristal.

jueves, 26 de enero de 2012

Apartamentos londinenses (I)







He estado viendo estos últimos días la serie “Sherlock” en la que aparece un Sherlock Holmes modernizado. A pesar de que no es el Sherlock Holmes de siempre me ha gustado bastante. Por lo que recuerdo de los libros Holmes era un hombre reconcentrado en su trabajo pero no carecía de naturalidad para relacionarse. El nuevo Holmes parece directamente antisocial y rudo en ocasiones. De la misma manera, todas sus relaciones con Watson, Irene Adler, Moriarty, su hermano Mycroft o Lestrade se han personalizado, intensificado y dramatizado al máximo. El resultado es un buen espectáculo.
Me ha sorprendido que la casa de Sherlock Holmes tenga la misma distribución que la del museo de Sherlock Holmes de Baker St. Se sube por la escalera y se llega al salón que tiene de frente dos ventanas. A la derecha la chimenea y más al fondo otra estancia (en la casa del moderno Sherlock Holmes es la cocina).

http://cianuroespumoso-alexandra.blogspot.com/2011/01/la-casa-de-sherlock-holmes.html

Otra casa con la misma distribución es la de “Regreso a Howard´s End”, una de las casas de película que más me gustan.

miércoles, 25 de enero de 2012

martes, 24 de enero de 2012

Apartamentos neoyorquinos (V)




El ascensor se abría directamente al recibidor, un lujo que a Danielle seguía pareciéndole majestuoso, desde el cual se veían elegantes habitaciones en todos los lados. A la derecha, más allá de un espléndido arco, se extendía el amplísimo salón, con su hilera de ventanas con cortinas de seda que daban al parque y el suelo cubierto por una única e inmensa alfombra oriental. Había espacio suficiente para el reluciente Steinway lacado en negro que nadie parecía tocar (Marina se había rebelado y se había negado a seguir con las clases cumplidos los once años) y para un mullido y atrayente despliegue de sofás y butacas tapizados en marfil y dorado, con cojines de colores de piedras preciosas. En las paredes colgaban cuadros modernos, que según Danielle había llegado a entender eran en su mayor parte obsequios de artistas amigos de los padres de Marina, aunque entre ellos había, inesperadamente, un retrato al pastel, sobre papel de estraza, de Marina a los ocho o nueve años, el cabello negro recogido con un pasador con cintas y el vestido azul de mangas abullonadas con un prieto nido de abeja en el pecho: se trataba sin duda de un encargo, y Danielle no conseguía situarlo del todo puesto que, por su estilo y tonalidad, parecía remontarse a los años cuarenta o cincuenta, un inciso de manifiesto conservadurismo en una casa declaradamente liberal.
A la izquierda del pasillo, a través de una puerta batiente casi siempre cerrada, estaba la cocina, y junto a ella, de nuevo pasando un arco, el comedor; un homenaje a Roche Bobois o algún otro diseñador de los setenta. Las sillas sin brazos eran de cuero negro, tan carentes de adornos como sillas de oficina; la mesa, también sin adornos, era de una madera barnizada y con una moldura taraceada de azabache; y la iluminación, hacía relucir la alfombra de sisal como si fuese dorada, emanaba de unos apliques de cristal esmerilado con forma de medialuna dispuestos en las paredes como centinelas. Encima del estrecho aparador, milagrosamente sujeto a la pared de forma que no tenía patas, pendía un lienzo de tamaño considerable, un mar de ondulantes dorados y marrones que era el cuadro favorito de Danielle en el piso.

Los hijos del emperador, Claire Messud

viernes, 20 de enero de 2012

Tragedia en tres actos







En este capítulo de la serie de David Suchet uno de los personajes es una diseñadora de moda. Para conseguir información la protagonista Egg finge querer comprar un vestido y asiste a un desfile privado.
Existe otra adaptación en el cine protagonizada por Tony Curtis y Peter Ustinov que me parece recordar que no estaba mal.

martes, 17 de enero de 2012

Maggie Smith y Eva Green











En “La plenitud de la Srta. Brodie” Maggie Smith interpreta a la carismática profesora de un colegio para niñas. Miss Brodie quiere ganarse la voluntad de sus alumnas y decidir sus futuros, cosa que al final se revelara como peligrosa. En “Cracks” el personaje de Eva Green también es una profesora que cuenta con la admiración de sus alumnas, pero en este caso busca utilizarlas para sus propios fines a diferencia de la equivocada pero idealista Miss Brodie.

miércoles, 11 de enero de 2012

El luto



Una viuda tenía que llevar horribles vestidos negros sin un adorno que los reavivase, ni flores, ni cintas, ni encajes o joyas; sólo alfileres de ónice o collares hechos con el pelo del difunto. El velo de crespón negro que llevaba en la cofia debía llegarle hasta las rodillas y sólo podía ser acortado tres años después de la viudez, de modo que le llegase a la altura de la espalda. Las viudas no podían charlar animadamente ni reír fuerte. Cuando sonreían, debían hacerlo de una manera triste y trágica y —esto era la cosa más terrible— no podían, de ningún modo, demostrar que experimentaban placer en compañía varonil. Si algún hombre era tan grosero que le demostrase interés, ella debía persuadirle con una digna referencia de su marido. «¡Oh, sí! –pensaba Scarlett tristemente… Hay viudas que se vuelven a casar, pero cuando están viejas y arrugadas. Dios sabe cómo se arriesgan, con todos los vecinos ocupándose siempre de ellas. Generalmente, es con algún viejo viudo que debe atender a una gran plantación y a una docena de chiquillos. »
(…)
Miraba ávidamente los vestidos que pasaban delante: seda color crema con guirnaldas de capullos de rosa, raso rosa con dieciocho volantes bordados de terciopelo negro, tafetán azul claro, con la falda larga de diez metros adornada de caídas de encaje; senos ostentosos, flores preciosas y perfumadas. Maybelle Merriwether se acercó al mostrador inmediato del brazo de su admirador. Su vestido de muselina verde manzana tenía tanto vuelo, que le hacía aparecer la cintura como la de una avispa. Aquel vestido, encrespado y guarnecido con un encaje de Chantilly color marfil, llegado de Charleston en la última expedición que había atravesado el bloqueo. Maybelle lo ostentaba orgullosamente, como si hubiese sido ella y no el capitán Butler quien efectuó aquella hazaña.
«¡Qué bien estaría yo vestida así! —pensó Scarlett con el corazón lleno de una envidia salvaje—. ¡Ésa tiene la cintura ancha como una vaca! Ese verde es mi color y daría mayor realce a mis ojos. ¿Por qué diantre las rubias se atreven a ponerse ese color? A su piel le da un reflejo de manteca rancia. ¡Y pensar que yo no podré llevarlo nunca, ni aun cuando me quite el luto! No, ni aunque vuelva a casarme. Tendré que llevar gris, marrones y lila.»

Lo que el viento se llevo, Margaret Mitchell

lunes, 2 de enero de 2012

Mi carta a los Reyes


Recogí algunas hojas de la impresora y leí el título: «Regalos de Navidad recibidos». Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis hojas de regalos a un espacio. El remitente aparecía en una columna y el artículo en otra. Doscientos cincuenta y seis regalos en total. Parecía la lista de bodas de la reina de Inglaterra y fui incapaz de absorberla toda. Había un juego de maquillaje Bobby Brown de la propia Bobby Brown, un bolso exclusivo Kate Spade de Kate y Andy Spade, un archivador de cuero granate Smythson de Bond Street enviado por Graydon Carter, un saco de dormir forrado de visón de Miuccia Prada, una pulsera Verdura de varias vueltas de Aerin Lauder, un reloj de brillantes de Donatella Versace, una caja de champán de Cynthia Rowley, un corpiño de cuentas a juego con un bolso de noche de Mark Badgley y James Mischka, una colección de bolígrafos Cartier de Irv Ravitz, una bufanda de chinchilla de Vera Wang, una chaqueta con estampado tipo cebra de Alberto Ferretti, una manta de cachemir Burberry de Rosemarie Bravo. Y eso no era más que el principio. Había bolsos de todas las formas y tamaños de todo el mundo: Herb Ritts, Bruce Weber, Giselle Bundchen, Hillary Clinton, Tom Ford, Calvin Klein, Annie Leibovitz, Nicole Miller, Adrienne Vittadini, Ke-vin Aucoin, Michael Kors, Helmut Lang, Giorgio Armani, John Sahag, Bruno Magli, Mario Testino y Narciso Rodríguez, por mencionar unos pocos. Había docenas de donaciones hechas en nombre de Miranda a varias sociedades benéficas, unas cien botellas de vino y champán, ocho o diez gemas de Fendi, dos docenas de velas aromáticas, piezas preciosas de cerámica oriental, pijamas de seda, libros forrados en piel, productos de baño, bombones, pulseras, caviar, jerseys de cachemir, fotografías enmarcadas y suficientes arreglos florales y/o plantas para decorar una de esas bodas de quinientas parejas que los chinos celebran en campos de fútbol. ¡Santo Dios! ¿Era real? ¿Estaba ocurriendo de verdad? ¿Estaba trabajando para una mujer que recibía 256 regalos de Navidad de los personajes más famosos del mundo? O no tan famosos. No estaba segura. Reconocía a algunas celebridades y diseñadores, pero ignoraba que entre los demás estuvieran los fotógrafos, maquilladores y modelos más codiciados, gente de la alta sociedad y una retahíla de directivos de Elias-Clark. Me preguntaba si Emily sabía realmente quién era toda esa gente cuando entró. Fingí que no estaba leyendo la lista, pero no pareció importarle.

El diablo viste de Prada, Lauren Weisberger
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