martes, 28 de diciembre de 2010

La gente de mundo o mundana

Todo el mundo se está volviendo más serio; así están las cosas. Pero sean cuales sean las tendencias políticas, derecha, izquierda, fascista, comunista… les gens du monde son los únicos amigos posibles, y ¿sabe por qué? Porque han hecho todo un arte de las relaciones personales y todo lo que las acompaña: los modales, la ropa, las casas bonitas, la buena comida… todo lo que hace que la vida valga la pena. Sería una estupidez no aprovechar todo eso. La amistad es algo que debe construirse con mucho cuidado, por gente con mucho tiempo libre; es un arte y la naturaleza no tiene nada que ver con ello. Nunca debería menospreciar la vida social, de la haute société quiero decir; puede ser muy satisfactoria. Completamente artificial, por supuesto, pero absorbente. Aparte de la vida del intelecto y la vida contemplativa religiosa, con las que sólo unos pocos están capacitados para disfrutar, ¿qué otra cosa distingue al hombre de los animales más que la vida social? ¿Y quién es más capaz de comprenderla tan bien y hacerla tan agradable y divertida que les gens du monde?
A la caza del amor, Nancy Mitford

jueves, 23 de diciembre de 2010

El pudding de Navidad




El pudding de Navidad es un relato de Poirot con una Navidad inglesa a la antigua usanza, la familia reunida, los calcetines con regalos para los niños, el árbol, el pavo y el muñeco de nieve junto a la ventana. La adaptación televisiva de David Suchet elige una casa moderna como escenario, pero aun así sigue siendo un capitulo bastante entrañable.
La historia se construye alrededor del pudding de Navidad que tiene que ser hecho con varias semanas de anticipación para luego dejarlo descansar. Todos los de la casa van a la cocina a batir una vez y pedir un deseo. Igual que en nuestro roscón de Reyes en el pudding se meten sorpresas. Normalmente se trata de objetos de plata una moneda que augura prosperidad, un anillo que al que le toque se casara en el plazo de un año, un cerdo que delata al glotón, un dedal significa que la que lo recibe se quedara soltera y un botón lo mismo para el soltero. En la serie nos escatiman un momento Poirot:

Suavemente, casi con cautela, Poirot atacó su ración de pudding. Comió un bocado. Estaba delicioso! Probó otro bocado. En su plato había un objeto brillante. Investigó con un tenedor. Bridget, sentada a su izquierda, acudió en su ayuda.
—Tiene usted algo, monsieur Poirot —dijo—. ¿Qué será? Poirot apartó las pasas que rodeaban un pequeño objeto de plata. —¡Ah! —dijo Bridget—. ¡Es el botón de soltero! ¡Monsieur Poirot tiene el botón de soltero!
Poirot sumergió el pequeño botón de plata en el agua que tenía en su plato para enjugarse las manos y le quitó las migas de pudding.
—Es muy bonito —observó.
—Eso significa que se va a quedar soltero, monsieur Poirot —explicó.
—Eso es de suponer —repuso Poirot con gravedad—. Llevo muchísimos años de soltero y es improbable que vaya a cambiar ahora de estado.
—No pierda las esperanzas —dijo Michael—. Leí en el periódico el otro día que un hombre de noventa y cinco se casó con una chica de veintidós.
—Me das ánimos —contestó sonriendo Hércules Poirot.


El pudding de Navidad, Agatha Christie

En la mesa aparecen crackers especie de petardos, envueltos en papel de color y que contienen un pequeño regalo, como un sombrero de papel. El menú tradicional en la casa en la que está invitado Poirot es sopa de ostras, dos pavos; uno cocido y uno asado más el imprescindible pudding flambeado.

martes, 14 de diciembre de 2010

Los zapatos rojos




"Volvió a entrar el señor de Guermantes, y poco después apareció su mujer, arreglada ya, alta y soberbia, con un traje de raso rosa cuya falda estaba bordada de lentejuelas. Traía en el pelo una gran pluma de avestruz teñida de púrpura y un chal de tul del mismo rojo echado por los hombros."
(…)
"En ese momento, un lacayo vino a anunciar que el coche esperaba a la puerta. «¡Vamos, Oriana, a caballo!», dijo el duque, que piafaba ya de impaciencia desde hacía un momento, como si hubiera sido uno de los caballos que esperaban. «Bueno, en una palabra, ¿qué razón le impediría a usted venir a Italia?», preguntó la duquesa, levantándose para despedirse de nosotros. «Pues, mi querida amiga, que estaré muerto desde algunos meses antes. Según los médicos con quienes he consultado, a fin de año, el mal que tengo y que puede, por otra parte, llevárseme en seguida, no me dejará, de todas maneras, más de tres o cuatro meses de vida, y aun eso es un gran máximum», respondió Swann sonriendo mientras el lacayo abría la puerta encristalada del vestíbulo para dejar pasar a la duquesa. «¿Qué está usted diciendo ahí?» -exclamó la duquesa deteniéndose un segundo en su marcha hacia el coche y alzando sus hermosos ojos azules y melancólicos, pero llenos de incertidumbre. (…)Tiene usted ganas de broma», dijo a Swann. «Sería una broma de un gusto encantador –respondió irónicamente Swann-. No sé por qué le digo a usted esto; nunca le había hablado de mi enfermedad hasta aquí. Pero como me lo ha preguntado usted y ahora puedo morirme de un día a otro… pero sobre todo no quiero que se retrasen ustedes; cenan ustedes fuera», añadió, porque sabía que, para los demás, sus propias obligaciones mundanas están por encima de la muerte de un amigo, y se ponía en el caso de ellos, gracias a su cortesía. Pero la de la duquesa le permitía también darse confusamente cuenta de que la comida a que iba ella debía de tener menos importancia para Swann que su propia muerte. Así, mientras seguía su camino hacia el coche, dejó caer los hombros diciendo: «No se preocupe usted por esa comida. ¡No tiene ninguna importancia!» Pero esas palabras pusieron de mal humor al duque, que exclamó: «¡Vamos, Oriana, no se ponga usted de palique de esa manera y a cambiar sus jeremiadas con Swann! Así como así, bien sabes usted que la señora de Saint-Euverte quiere que la gente se siente a la mesa al dar las ocho. A ver si sabemos qué es lo que quiere usted; los caballos llevan ya sus buenos cinco minutos esperando. Perdone usted, Carlos –dijo volviéndose a Swann-, pero son las ocho menos diez. Oriana llega tarde siempre; necesitamos más de cinco minutos para llegar a casa de la tía Saint-Euverte.»
La señora de Guermantes avanzó decididamente hacia el coche y repitió un último adiós a Swann. «Mire usted, volveremos a hablar de eso; no creo ni una palabra de lo que dice, pero tenemos que hablar de ello juntos. Le habrán asustado estúpidamente; venga usted a almorzar el día que quiera (para la señora de Guermantes, siempre se resolvía todo en almuerzos); ya me dirá usted el día y la hora», y, recogiendo su falda roja, puso el pie en el estribo. Iba a entrar en el coche cuando, al ver aquel pie, exclamó el duque con una voz terrible: «¡Oriana!, ¿qué iba usted a hacer, desdichada? ¡Se ha dejado usted puestos los zapatos negros! ¡con un traje rojo! Vuélvase arriba, aprisa, a ponerse los zapatos rojos, o si no –dijo al criado-, dígale usted en seguida a la doncella de la señora duquesa que baje unos zapatos rojos.» «Pero, amigo mío –respondió suavemente la duquesa, molesta al ver que Swann, que había salido conmigo, pero había querido dejar pasar el coche delante, les había oído-: puesto que vamos ya con retraso…» «No, no, tenemos tiempo de sobra. Sólo son menos diez, no tardaremos diez minutos en llegar hasta el parque Monceau. Y luego, en fin, ¿qué quiere usted?, aunque sean las ocho y media, se aguantarán; de todas maneras, no puede usted ir con un vestido rojo y zapatos negros.» La duquesa volvió a subir a su cuarto. «¿Eh? Nos dijo el señor de Guermantes-; bien se burla la gente de los pobres maridos, pero algo bueno tienen, de todos modos. Si no es por mí, Oriana iba a la cena con zapatos negros. »"
En busca del tiempo perdido 3. El mundo de Guermantes, Marcel Proust

domingo, 12 de diciembre de 2010

Excéntricas británicas





Tilda Swinton
Tilda nació en Londres en una aristocrática familia de origen escocés y estudió en un internado en Kent aunque odió la experiencia. Por cierto, fue compañera de aula de Diana Spencer, más tarde princesa de Gales. Debido a la lectura de los libros de Enid Blyton yo tenía los internados ingleses por lugares divertidos y fantásticos. Sin embargo, curiosamente igual que Tilda actores y actrices que han pasado por estos elitistas colegios como Rupert Everett , Daniel Day Lewis o Kristin Scott Thomas han detestado la experiencia de separarse de su familia a tan tierna edad. El estilo de Tilda vistiendo no me impresiona la mayoría de las veces, pero su presencia sí. Creo que en persona tiene que resultar impactante como una Grace Jones albina. Es una actriz particularmente versátil porque su androginia no impide que pueda resultar también seductora y femenina. Definitivamente majestuosa y fuera de lo común.
Daphne GuinnessEs miembro de la familia Guinness que hizo su fortuna en la industria cervecera. Es nieta de Diana Mitford la más bella de las famosas hermanas Mitford. Diana, era hermana de las escritoras Nancy y Jessica Mitford. Otra de las hermanas Deborah Mitford se casó con el duque de Devonshire y es abuela de Stella Tennant.
Realiza diversas actividades en el mundo de la moda, pero es más conocida por su extravagante manera de vestir. De vez en cuando me deslumbran los detalles de su ropa que tienen reminiscencias de otra época y el brillo de sus piedras preciosas. No ha heredado los ojos de color azul cobalto de las Mitford, aunque quizás sí su estructura ósea facial. Me parece una persona bastante seria, claramente no pertenece a la categoría de personas tontamente alegres. Hay algo intrigante en su expresión que a menudo parece expresar melancolía y desaliento. A lo mejor es simplemente que está agotada por andar con esos zapatos de plataforma que parecen andamios. Daphne no cuenta con la altura que permite a Tilda elevarse sobre el mundo sin esfuerzo. No hace muchos meses se la relaciono con el filosofo Bernard Henri Levy lo que la ligaría a una familia que tiene algo de culebrón, pero esa es ya otra historia.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Los desayunos



Todas las mañanas, en el desayuno, papá se toma un café y lee el periódico. Varios periódicos, de hecho: Le Monde, Le Figaro, Libération y, una vez por semana, L´Express, Les Échos, Times y Courrier International. Pero salta a la vista que su mayor satisfacción es tomarse su primera taza de café leyendo Le Monde. Se enfrasca en la lectura durante al menos media hora. Para poder disfrutar de esa media hora, tiene que levantarse muy, muy temprano porque tiene muchas cosas que hacer todos los días. Pero cada mañana, aunque haya habido una sesión nocturna y sólo haya dormido dos horas, se levanta a las seis y se lee su periódico tomándose un café bien cargado. Así se construye papa cada día. Digo “se construye” porque pienso que, cada vez, es una nueva construcción, como si por la noche todo se hubiera reducido a cenizas y tuviera que volver a empezar desde cero.
(…)
¿Qué hacemos por las mañanas? Papá lee el periódico tomándose un café, mamá se toma un café hojeando catálogos, Colombe toma café escuchando France Inter y yo, yo tomo chocolate leyendo mangas.
La elegancia del erizo, Muriel Barbery
Fotos de películas de Claude Chabrol: de arriba a abajo La flor del mal, La ceremonia y Gracias por el chocolate.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Chabrol y Bourdieu







Al “comer con franqueza” popular, la burguesía contrapone la preocupación de comer guardando las formas. Las formas son, en primer lugar, ritmos que implican esperas, retrasos, contenciones; nunca se da la impresión de precipitarse sobre los platos, se espera hasta que el último que se ha servido haya comenzado a comer, se sirve y se repite con discreción. Se come dentro de un orden y está excluida cualquier tipo de coexistencia de los platos que dicho orden separa, asado y pescado, queso y postre: por ejemplo, antes de servir el postre, se quita todo lo que queda sobre la mesa, incluso el salero, y se barren las migajas. Esta manera de introducir el rigor de la regla hasta en lo cotidiano (es costumbre afeitarse y vestirse cada día desde por la mañana, y no solamente para “salir”), de excluir la separación entre el hogar y el exterior, entre lo cotidiano y lo extra-cotidiano (asociado, para las clases populares, al hecho de endomingarse) no se explica sólo por la presencia en el seno familiar y de la familia de esos extraños que son los criados y los invitados. Es a expresión de un habitus de orden, de postura, de compostura, del que no se sabría abdicar, y ello menos cuanto que la relación con los elementos –necesidad y placer primario por excelencia- no es sino una dimensión del tipo de relación burguesa con el mundo social; la oposición entre lo inmediato y lo diferido, lo fácil y lo difícil, la substancia o la función y la forma, que en ella se expresa de manera particularmente brillante, se encuentra en la base de toda estatización de las prácticas y de toda estética. Mediante todas las formas y todos los formalismos que se encuentran impuestos al apetito inmediato, lo que se exige –y se inculca- no es sólo una disposición que tienda a disciplinar el consumo alimenticio mediante una compostura que es también una censura suave, indirecta, invisible (opuesta totalmente a la imposición brutal de las privaciones) y que es parte integrante de un arte de vivir; al ser, por ejemplo, el arte de comer guardando las formas una manera de rendir homenaje a los anfitriones y a la dueña de la casa, de los que se respeta los cuidados y el trabajo que se han tomado respetando el orden riguroso de la comida. Es también toda una relación con la naturaleza animal, con las necesidades primarias y con el vulgo, que se abandona sin freno a ambas; es una manera de negar el consumo en su significación y su función primarias, esencialmente comunes, haciendo de la comida una ceremonia social una afirmación de dignidad ética y de refinamiento estético. La manera de presentar los alimentos y de consumirlos, el orden de la comida y la disposición de los cubiertos, estrictamente diferenciados según la sucesión de los platos y dispuestos para el recreo de la vista, la misma presentación de los platos, considerados tanto en su composición consumible, la etiqueta que rige la forma de vestir, la compostura, la manera de servir o servirse y de usar los diferentes utensilios, la disposición de los invitados, sometida a unos principios muy estrictos, pero siempre eufemísticamente presentados, de jerarquización, la censura impuesta a todas las manifestaciones corporales del acto (como los ruidos) o del placer de comer (como la precipitación), el mismo refinamiento de las cosas consumidas en las que la calidad prima sobre la cantidad (y esto es tan cierto para los vinos como para los platos), todo este juego de estilizaciones tiende a desplazar el acento de la substancia y de la función hacia la forma y la manera, y, con ello, a negar o, mejor, a rechazar la realidad groseramente material del acto de consumir y de las cosas consumidas o, lo que viene a ser lo mismo, la grosería vilmente material de los que se abandonan a las satisfacciones inmediatas del consumo alimenticio, forma por excelencia de la simple estesis.

La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Pierre Bourdieu, 1979
 

Es curioso que sean dos intelectuales anti-burgueses los que mejor han diseccionado las costumbres de la burguesía. Por una parte, el cineasta Claude Chabrol, de origen burgués y sibarita aficionado a la buena mesa. Y por otra parte, el sociólogo Pierre Bourdieu que en su libro La distinción compara los gustos de las diferentes clases sociales.
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