sábado, 23 de octubre de 2010

El secreto



"Empecé a buscarle, a él y a su pequeño grupo de pupilos, por el campus.
Cuatro chicos y una chica. A distancia no parecían nada fuera de lo común. Sin embargo, vistos de cerca formaban, en mi opinión, un grupo atractivo. Yo nunca había visto a nadie como ellos, y me sugerían una variedad de cualidades pintorescas y ficticias.
Dos de los chicos llevaban gafas, curiosamente del mismo tipo: diminutas, anticuadas, de montura metálica redonda. El más alto de los dos —y era muy alto, más de metro ochenta y cinco— era moreno, de mandíbula cuadrada y piel áspera y pálida.
Si no hubiera tenido las facciones tan marcadas ni unos ojos tan inexpresivos y vacíos, me habría parecido guapo. Vestía trajes ingleses oscuros, llevaba paraguas (una visión estrafalaria en Hampden) y caminaba muy tieso entre la muchedumbre de hippies, beatniks, preppies y punks con la tímida ceremoniosidad de una vieja bailarina, lo que resultaba sorprendente en alguien tan alto como él. «Henry Winter», dijeron mis amigos cuando lo señalé a cierta distancia, mientras él daba un largo rodeo para evitar a un grupo que tocaba los bongos en el jardín.
El más bajo de los dos, aunque no mucho más, era un chico rubio y desgalichado, de mejillas sonrosadas y que mascaba chicle, de conducta implacablemente jovial, y con los puños hundidos en los bolsillos de sus pantalones con rodilleras. Siempre llevaba la misma chaqueta, una prenda informe de tweed marrón desgastada por los codos y de mangas demasiado cortas. Llevaba el cabello, de color rubio dorado, peinado con raya a la izquierda, de modo que un largo mechón le tapaba uno de los ojos. Se llamaba Bunny Corcoran (Bunny era una especie de diminutivo de Edmund). Tenía una voz fuerte y chillona que resonaba en los comedores.
El tercer chico era el más exótico del grupo. Anguloso y elegante, era extremadamente delgado, de manos nerviosas, con un rostro albino y de expresión sagaz, y tenía una encendida mata del cabello más rojo que había visto nunca. Yo pensaba (erróneamente) que vestía como Alfred Douglas o el conde de Montesquieu: hermosas camisas almidonadas con puños franceses, magníficas corbatas, un abrigo negro que ondeaba tras él cuando andaba y que le hacía parecer el cruce de un príncipe estudiante y Jack el Destripador. En una ocasión, para mi regocijo, incluso le vi llevar quevedos. (Más tarde descubrí que no eran quevedos de verdad, que llevaba simples cristales sin graduar y su vista era, con mucho, más aguda que la mía.) Se llamaba Francis Abernathy. Cuando quise indagar más, levanté las sospechas de mis compañeros masculinos, a quienes asombraba mi interés por semejante persona.
Y luego había una pareja, chico y chica. Los veía casi siempre juntos y al principio pensé que eran novios, hasta que un día los observé de cerca y me di cuenta de que debían ser hermanos. Después me enteré de que eran gemelos. Se parecían mucho; tenían el cabello grueso, de color rubio oscuro, y rostros asexuados tan limpios, risueños y graves como los de una pareja de ángeles flamencos. Pero lo que me llamaba la atención en el contexto de Hampden —donde abundaban los seudointelectuales y los adolescentes decadentes y donde vestir de negro era de rigueur— era que les gustaba llevar ropas de colores claros, sobre todo blanco. En medio de aquel enjambre de cigarrillos y oscura sofisticación parecían figuras de una alegoría, o asistentes, muertos hacía tiempo, a alguna olvidada recepción al aire libre. Fue fácil averiguar quiénes eran, ya que compartían la distinción de ser los únicos gemelos del campus. Se llamaban Charles y Camila Macaulay."
 


El secreto, Donna Tartt, 1992

viernes, 22 de octubre de 2010

Uniformes





1 Vanity Fair de Mira Nair.
2 y 3 Xanadu con Olivia Newton John y un maduro pero todavía en plena forma Gene Kelly.
4 Dari Werbowy con chaqueta de Balmain.


lunes, 11 de octubre de 2010

Nada como el tartán


Cada clan tiene uno o más estampados característicos, una persona informada puede identificar al propietario de un chal o un kilt como descendiente de una familiar determinada entre más de cien familias antiguas. O también, menos felizmente, puede advertir con disgusto que algún yanqui o algún sassenach exhibe promiscuamente un tartán sobre el que to tiene ningún derecho hereditario. Hoy en día tan desafortunados sucesos están especialmente destinados a los miembros de los clanes Stewart, Gordon y Wallace. Sus tartanes ancestrales, que presentan combinaciones de color particularmente agradables, están ahora ampliamente reproducidos comercialmente y no sólo los llevan quienes no son escoceses sino que se usan además en paraguas, papeleras, maletas y hasta para vestir a los animales de compañía.

El lenguaje de la moda: Una interpretación de las formas de vestir
Alison Lurie

domingo, 10 de octubre de 2010

Chimeneas


Si tuviera una chimenea me gustaría que estuviera rodeada de espejos como la que aparece en la imagen que es de la película El proceso Paradine. Otra de mis chimeneas favoritas está en el salón del hotel de El resplandor. En realidad me gusta todo el gran salón del hotel que aparece en la película.
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