martes, 22 de junio de 2010

Rebeca y Manderley (II)





Me levanté de la banqueta y toqué la bata, que estaba encima de la silla. Cogía las chinelas también. Me daba cuenta de que, gradualmente, se estaba apoderando de mí un horror que, poco a poco, se tornaba en desesperación. Toqué la colcha de la cama, seguí con el dedo el perfil del monograma en la bolsa del camisón. R. de W., entretejidas y enlazadas. Las letras, bordadas en cordoncillo, destacaban valientes sobre la seda amarilla dorada. Dentro estaba el camisón, finísimo, como la gasa, color de albaricoque. Lo toqué, y, sacándolo de la bolsa, apoyé en él la cara. Estaba frío, helado, pero aún conservaba rastros de perfume. El perfume de las azaleas blancas. Lo doblé y volvía a meterlo en su bolsa, y al hacerlo me atenazó una congoja el corazón, pues noté que estaba arrugado, que la tela estaba ligeramente levantadas, como si no se hubiese planchado desde que ella se lo puso por última vez.
Siguiendo un impulso repentino, volvía al cuarto de entrada, donde había visto los armarios. Abrí uno y vi lo que me había figurado. El armario estaba lleno de ropa. Había trajes de noche, pues por la embocadura de los blancos sacos roperos que los guardaban vi brillar algo de plata. También vi uno de suave terciopelo color de Burdeos. La cola de otro, de seda blanca, colgaba hasta el suelo del armario. Las plumas de avestruz de un abanico asomaban medio envueltas en papel de seda.
Rebeca, Daphne du Maurier

Rebeca y Manderley





Éste era un cuarto de mujer, gracioso, delicado, el cuarto de alguien que hubiera escogido con gran cuidado cada uno de los muebles, para que cada silla, cada florero, cada detalle estuviera en armonía con el todo y con la personalidad de su dueño. Parecía como si hubiera puesto el cuarto, diciendo: "Esto para mí; y esto, para mí. Y esto, y esto también." Eligiendo entre los tesoros de Manderley todo lo que le había agradado, rechazando lo corriente y lo mediocre, eligiendo con seguro instinto únicamente lo mejor de lo mejor. No había allí mezclas de estilo ni confusiones de época, y el resultado era de una perfección sorprendente y aun asombrosa, no fríamente severa, como la del salón que se enseñaba a los turistas, sino llena de vida, compartiendo algo del resplandor y la exuberancia de los rododendros que se estrechaban bajo la ventana. Y noté que no contentos con formar aquel teatrillo del claro del jardín, se les había permitido la entrada hasta el mismo cuarto. Sus grandes corolas encendidas me miraban desde la repisa de la chimenea, se mecían en su ancho florero tripudo junto al sofá, y se alzaban esbeltos y graciosos sobre el escritorio, junto a unos dorados candelabros.

Pero aquel escritorio, aunque bellísimo, no era un lindo juguete donde una mujer se sentara a escribir cartitas, mordiendo la pluma y abandonándolo luego durante varias semanas, con la carpeta algo torcida. Las casillas interiores estaban marcadas: “Cartas pendientes”, “Cartas para archivar”, “Casa”, “Finca”, “Menú”, “Varios”, “Direcciones””. Las etiquetas estaban todas escritas con aquella letra muy sesgada y picuda que yo ya conocía, y me sorprendió, casi me sobrecogió, reconocerla, pues no la había vuelto a ver desde que quemé la página del libro de versos, y creí que nunca más la volvería a encontrar.
Abrí un cajón, al azar, y de nuevo me sorprendió la escritura aquella, esta vez en un libro de piel, abierto, cuyo encabezamiento “Invitados a Manderley” me indicó de qué se trataba. Divididos por semanas y meses, allí estaban relacionados todos los visitantes que habían ido y comido… Volví las páginas del libro y vi que eran la historia completa de un año. La señora de la casa, tan sólo con una ojeada, podía averiguar con aquel libro, día por día, casi hora por hora, quién había pasado la noche bajo su techo, dónde había estado alojado y lo que le sirvió de comer y cenar. También vi en el cajón papel de la casa, con la cimera de la familia, y la dirección grabadas. Tarjetas de visita marfileñas, guardadas en cajitas.
Saqué una, quité el papel de seda que la protegía y la miré. “Rebeca de Winter”, decía y en una esquina: “Manderley”. La volvía a guardar en su caja y cerré el cajón, embargada por una sensación repentina de estar cometiendo una lamentable indiscreción.


Rebeca, Daphne du Maurier

domingo, 13 de junio de 2010

Dieu fumeur de Havanes






Dieu est un fumeur de Havanes
Je vois ses nuages gris
Je sais qu'il fume même la nuit
Comme moi, ma chérie

Tu n'es qu'un fumeur de Gitanes
Je vois tes volutes bleues
Me faire parfois venir les larmes aux yeux
Tu es mon maître après Dieu

Dieu est un fumeur de Havanes
C'est lui-même qui m'a dit
Que la fumée envoie au paradis
Je sais, ma chérie

Tu n'es qu'un fumeur de Gitanes
Sans elles tu es malheureux
Au clair de la lune ouvre les yeux
Pour l'amour de Dieu

Dieu est un fumeur de Havanes
Tout près de toi loin de lui
J'aimerais te garder toute ma vie
Comprends-moi, ma chérie

Tu n'es qu'un fumeur de Gitanes
Et la dernière je veux
La voir briller au fond des mes yeux
Aime-moi, nom de Dieu

Dieu est un fumeur de Havanes
Tout près de toi loin de lui
J'aimerais te garder toute ma vie
Comprends-moi, ma chérie

Tu n'es qu'un fumeur de Gitanes
Et la dernière je veux
La voir briller au fond des mes yeux
Aime-moi, nom de Dieu

miércoles, 9 de junio de 2010

Un estilo: Karen Blixen (II)


Su casa en Dinamarca.

Su escritorio en la película "Memorias de África" y en la vida real.

Dos maletas de cocodrilo estilo Art Deco de color tabaco ordenados en 1930 y en 1935. Con muchos departamentos para cosméticos, artículos de fumador, de escritura etc.


martes, 8 de junio de 2010

Un estilo: Karen Blixen


“Mi interés por el dinero se debe en parte a que las cosas materiales o sensuales o visibles son para mí, yo creo que en mayor medida que para otra gente, una expresión de algo espiritual; ¿es esto una mala cualidad o un fallo? –Pero de hecho esto es lo que me induce a pintar un poco y lo que, en cualquier caso, me produce infinito goce en el arte. En una ocasión leí que la cúpula de Miguel Ángel tiene un valor educativo infinitamente más moral que una biblioteca entera de obras de moral-; de cualquier modo expresa esto para mí una gran verdad, del mismo modo que siempre he creído que en el día del juicio final se podría censurar a la gente por haber puesto dos colores equivocados juntos con la misma severidad que por haber dado falso testimonio contra su prójimo. Por ejemplo, mis vestidos: no creas que si gasto muchísimo dinero en ropa es para causar impresión o para que se me compare ventajosamente con otras mujeres, lo hago porque, para mí, creo yo, más que para otras personas, la ropa es una expresión de mi ser. Sabes perfectamente que soy capaz de ir andrajosa, pero asistir a una comida o a unas carreras con un vestido Dowdy me parece completamente antinatural, como lo sería para ti ir por la Bredgade con unas bragas blancas de señora bordadas…”
Karen Blixen
“Durante el día se vestía con raídas ropas de trabajo: un cardigan y una falda de punto liso, o un amplio vestido de guingán, o la camisa caqui y la falda pantalón que eran su traje para la estación de las lluvias. Se había también cortado el pelo por razones prácticas; lo tenía corto y espeso, y le gustaba sentir el viento en él. Pero para sus apariciones en el club Muthahiga o en la Casa del Gobierno, e incluso para las veladas hogareñas, le gustaba crear toilettes atractivas. “Se pintaba terriblemente” decía con cariño una de sus amigas. Llevaba kohl bajo los ojos y belladona en ellos para hacerlos brillar. Usaba también una gruesa capa de polvos blancos para aumentar su palidez. “Su elegancia era algo de su propia invención”, me dijo Mrs. Cartwright. En un tiempo en que las mujeres usaban los parcos vestidos de los años veinte, “unas cuantas líneas perpendiculares interrumpidas antes de que hubiesen tenido tiempo de cobrar ningún sentido, Tania Blixen mandó a Paquin hacerle un vestido de noche de tafetán blanco con la cintura ceñida, miriñaques, enaguas almidonadas y un escote llamativo. Pero lo mismo podía llevar una falta y una blusa a una fiesta importante, con turbante y chal somalí por los hombros.”
Judith Thurman

Cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias. (Karen Blixen en "Memorias de África".)“Con los años se aprende a comprender y a sortear los fenómenos menos importantes de la vida como mejor se puede, a fin de llegar a ser una misma. Sé, por ejemplo, que no debo engordar; y si, en consecuencia, tengo que sufrir los tormentos del hambre, pues resulta preferible, porque lo otro cramps my style.”
Karen Blixen

“Según los americanos, sólo se alimentaba de ostras y champagne, lo cual no era exacto, pues también admitía de vez en cuando gambas, espárragos, uvas y té.”
Pero esta dieta extraña dieta también tenía que ver con su estado de salud. En realidad echaba de menos las comidas de gourmet que tanto le gustaban y que describió en “El festín de Babette”.“Le extirparon buena parte del estómago junto con las úlceras. Nunca volvería a comer normalmente o en cantidades normales, ni a pesar más de 85 libras (38.5 kilos aproximadamente). Sus sufrimientos, y en especial su delgadez, la envejecieron drásticamente.
Finalmente, estaba agradecida por haberse convertido en la “persona más delgada del mundo” y haber conseguido, a los setenta, una cualidad reconocida como de gran belleza. Si una mujer tenía que envejecer, el modo más digno de hacerlo era –como le había hecho decir a una mujer gorda y de edad en Últimos cuentos-“convertirse en un esqueleto, una calavera, un memento mori… Entonces sería todavía capaz de inspirar algo… Les inspiraría horror”.
Judith Thurman

Textos extraídos de las cartas de Karen Blixen y de la biografía que escribió sobre ella Judith Thurman.

lunes, 7 de junio de 2010

Scarlett



"Hasta las ocho, no había hecho más que probarse vestidos y desecharlos, y ahora, acongojada y molesta, estaba delante del espejo con sus largos calzones de encaje, su cubrecorsé de lino y sus tres enaguas de batista y encaje. A su alrededor, los vestidos rechazados yacían por el suelo, sobre la cama y las sillas, formando alegres mezclas de colores, de cintas y lazos.
Aquel vestido de organdí rosa, con el largo lazo color fresa, le estaba bien; pero lo había llevado ya el verano pasado, cuando Melania fue a Doce Robles; y, seguramente, ésta lo recordaría. Y era capaz de decirlo. Aquél de fina lana negro, de mangas anchas y cuello principesco de encaje, sentaba admirablemente a su blanca piel, pero la hacía quizás aparecer un poco mayor. Escarlata examinó ansiosamente en el espejo su rostro juvenil, casi como si temiera descubrir en él arrugas o una doble barbilla. No quería parecer mayor ni menos lozana que la dulce y plena juventud de Melania. Aquel otro de muselina listada era bonito con sus amplias incrustaciones de tul, pero no se adaptó nunca a su tipo. Sentaría bien al delicado perfil de Carreen y a su ingenua expresión; pero Escarlata sabía que, a ella, aquel vestido le daba un aire de colegiala. Y no quería aparecer demasiado infantil junto a la tranquila seguridad de Melania. El de tafetán verde a cuadros, todo de volantes, adornado con un cinturón de terciopelo verde, le gustaba mucho y era, realmente su vestido favorito porque daba a sus ojos un oscuro reflejo esmeralda; pero desgraciadamente tenía en la parte delantera una inconfundible mancha de grasa. Hubiera podido disimularla con un broche, pero Melania tenía muy buena vista. Quedaban otros vestidos de algodón. Y, además, los vestidos de baile y el verde que había llevado ayer. Pero éste era un vestido de tarde, inadecuado para una merienda, pues tenía las mangas cortas y anchas y el escote demasiado grande. Tendría, sin embargo, que ponerse aquél.
"

Margaret Mitchell, Lo que el viento se llevo

martes, 1 de junio de 2010

El jardín de los Finzi-Contini







Esta foto de la última campaña de Lacoste me ha recordado las imágenes de la película El jardín de los Finzi Contini. Es una de esas películas que evocan un mundo perdido. Esta basada en la novela de Giorgio Bassani del mismo título y son los recuerdos narrados en primera persona del narrador que acudía invitado a jugar al tenis a la villa de sus amigos Alberto y Micol Finzi-Contini, pertenecientes a una rica familia judía italiana. Los Finzi-Contini invitan a jugar a algunos amigos, porque la mayor parte de estos han sido excluidos del club de tenis por ser judíos. Sin embargo, los Finzi-Contini no tienen miedo respecto a sí mismos porque aislados en su torre de marfil se creen inmunes a lo que pueda pasar en el resto del mundo. El narrador siempre recordará en adelante el mundo refinado de la familia Finzi Contini y especialmente su amor no correspondido por Micol. Me gustan más estas imágenes que la de Lacoste porque son más realistas. Tienen el sabor de la despreocupación del verano, las bicicletas y la descuidada elegancia de los trajes blancos de tenis.
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